Durante años, la medicina moderna nos ha llevado a pensar que para cada malestar existe una solución concreta. Un síntoma aparece, se prescribe algo; un órgano falla, se trata ese órgano.
Este enfoque ha sido —y sigue siendo— imprescindible en muchos contextos, pero resulta incompleto cuando hablamos de envejecimiento.
Porque envejecer no es simplemente que el riñón funcione peor o que el cerebro pierda agilidad. Todo eso es la consecuencia visible de algo más profundo: un deterioro celular generalizado que avanza de forma silenciosa con el paso del tiempo.